Artículos y Reflexiones · Teología · oct 2025
Preparar el camino y disponer el corazón
El llamado de Jesús en Mateo a la luz de la Escritura y de los primeros siglos.
Los relatos del llamado de los discípulos en el Evangelio según Mateo no describen una compulsión divina irresistible, sino la respuesta libre y pronta de corazones previamente dispuestos por la Palabra. En la escena de los pescadores junto al mar (Mateo 4:18–22) y en el llamado de Mateo, el publicano (Mateo 9:9–13), el evangelista nos presenta hombres que, al oír la voz de Cristo, responden sin demora porque su interior ya había sido preparado por la predicación de Juan el Bautista y por una revelación progresiva del Mesías.
Esta interpretación no solo armoniza con el conjunto de la Escritura, sino también con la comprensión de los cristianos de los primeros siglos, que enfatizaban la libertad humana ante la gracia y el proceso pedagógico por el cual la enseñanza prepara el alma para el encuentro con el Logos.
La Palabra que prepara antes de la manifestación
Desde el comienzo, la Biblia muestra un orden divino: primero la Palabra que despierta y dispone; luego el encuentro con el Señor. Lucas nos dice que Juan vino "para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (Lucas 1:17). El verbo griego hetoimasai —preparar, disponer— describe un trabajo interior, no una programación externa. La voz del Precursor llamaba al arrepentimiento, enderezaba los caminos del corazón y abría el terreno para reconocer a Aquel que venía después.
Isaías lo había anticipado: "Preparad camino a Yahvé" (Isaías 40:3), texto que Mateo cita explícitamente (Mateo 3:3). La preparación es moral y espiritual, una rectificación de sendas interiores. En el Evangelio de Juan, esta dinámica se hace visible: el Bautista "vino por testimonio, para que todos creyeran por él" (Juan 1:7). Andrés y otro discípulo, probablemente Juan, escucharon ese testimonio, reconocieron al Cordero de Dios y llevaron a Simón (Juan 1:41–42). La fe no nace de una fuerza irresistible, sino del testimonio que conmueve el corazón.
La Escritura es coherente: antes de cada encuentro decisivo con Dios, hay una palabra que despierta. Israel debía santificarse antes de oír la voz del Sinaí (Éxodo 19). Josué ordenó al pueblo purificarse antes de cruzar el Jordán (Josué 3:5). Marcos abre su evangelio con la misma secuencia: primero Juan, luego Jesús (Marcos 1:2–5). La pedagogía divina es constante: la Palabra prepara, y el corazón dispuesto responde.
Pescadores que dejan las redes: Mateo 4:18–22
El relato comienza con una frase cargada de dinamismo: "εὐθέως ἀφέντες τὰ δίκτυα ἠκολούθησαν αὐτῷ" (eutheōs aphentes ta diktya ēkolouthēsan autō), "al instante, dejando las redes, lo siguieron". El adverbio eutheōs resalta la prontitud, no una irresistibilidad. El énfasis recae en la autoridad de Jesús y en la decisión libre del discípulo que reconoce Su voz, como dirá más tarde el mismo Señor: "Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen" (Juan 10:27).
El contexto literario y teológico sugiere que estos hombres no se encontraban ante un desconocido. Según el relato joánico (Juan 1:35–42), Andrés y su hermano Simón ya habían escuchado al Bautista y tenido un primer contacto con Jesús. Lo que ocurre en Mateo 4 no es una reacción súbita sin antecedente, sino la culminación de un proceso. La palabra oída los había dispuesto; el llamado directo los completó.
Este modelo refleja los llamados proféticos del Antiguo Testamento: Amós, Jeremías, Isaías. En todos ellos, la voz divina irrumpe con autoridad, pero la respuesta implica discernimiento y obediencia. La prontitud es señal de fe viva, no de coerción.
El llamado de Mateo: misericordia que invita, no que impone
En Mateo 9:9–13 encontramos un contraste conmovedor. Jesús ve a Mateo en la mesa de los tributos, lo mira y le dice: "Sígueme". El texto añade simplemente: "Y levantándose, le siguió". La concisión de la frase encierra profundidad: una palabra soberana que convoca y una respuesta libre que se levanta del polvo de la esclavitud moral.
Históricamente, Cafarnaúm era un centro comercial de tránsito. Jesús ya había iniciado su ministerio en Galilea, su fama se había extendido (Mateo 4:23–25), y Juan el Bautista había dejado su huella espiritual en la región. No resulta extraño pensar que Mateo ya conociera el testimonio del Precursor o las obras de Jesús. El llamado no llega a un extraño absoluto, sino a un corazón tocado por la verdad. El pasaje termina citando a Oseas 6:6: "Misericordia quiero, y no sacrificio". Jesús no programa marionetas; convoca enfermos que reconocen su necesidad y acuden al Médico. La respuesta de Mateo es entrar en la misericordia.
El contraste del joven rico: libertad que puede negarse
La misma voz que llama a los pescadores y al publicano se dirige al joven rico (Mateo 19:16–22). Sin embargo, él "se fue triste". Si el llamado fuera irresistible, el contraste carecería de sentido pedagógico. Mateo usa esta tensión como lección: el seguimiento puede rehusarse. Jesús llama, pero no fuerza. La libertad humana no contradice la gracia; la hace visible.
La visión de los Padres de los primeros siglos
Los cristianos de los siglos II y III no hablaban de un "llamado irresistible". Su lenguaje es el de la persuasión divina, la libertad educada y la formación del alma.
Ireneo de Lyon enseña en Contra las herejías (IV, 37) que Dios "no ejerce compulsión respecto del hombre". La libertad, dice, es constitutiva del bien: el Señor persuade, no impone.
Orígenes, en su Comentario a Mateo, describe la pedagogía del Logos: el alma pasa de lo elemental a lo espiritual por la enseñanza que prepara el entendimiento. Cristo, afirma, "preparó a los discípulos" para su gloria. No hay magia del decreto, sino proceso de transformación.
Clemente de Alejandría ve la economía salvífica en tres etapas: el Logos invita a la fe, reforma moralmente y perfecciona. Cada paso presupone libertad y disposición.
Ignacio de Antioquía, aunque no formula una teoría de la libertad, exhorta a "correr juntos según la voluntad de Dios" (Efesios, prólogo), lenguaje de adhesión amorosa, no de coacción.
En conjunto, la tradición antigua concibe la gracia como una fuerza que persuade y educa, no que obliga. La respuesta humana, libre y agradecida, es parte del milagro de la salvación.
La autoridad que convoca y la libertad que responde
El Evangelio de Mateo armoniza estos dos polos: la autoridad soberana de Cristo y la libertad del hombre que responde.
- Jesús habla con autoridad (Mateo 7:28–29); su voz convoca.
- La palabra previa —Juan el Bautista— dispone el terreno (Lucas 1:17; Juan 1:7, 31–37).
- La libertad humana se confirma en los textos donde se resiste la voluntad divina: "¡Cuántas veces quise… y no quisisteis!" (Mateo 23:37); "Resistís siempre al Espíritu Santo" (Hechos 7:51); "Los fariseos rechazaron el propósito de Dios para sí mismos" (Lucas 7:30); "El que quiera, tome del agua de la vida" (Apocalipsis 22:17).
- El contraste entre los llamados que obedecen y los que se apartan enseña que la gracia puede ser acogida o rehusada.
El poder anticipado de la Palabra
La economía del llamado sigue un orden espiritual que resume toda la soteriología bíblica: la Palabra antecede (Juan, la Escritura, el testimonio); la Palabra dispone (produce convicción, metanoia y esperanza); Cristo llama (el corazón dispuesto reconoce la voz); el discípulo responde (fe obediente que entra en la vida del Reino).
El seguimiento inmediato no es efecto de una fuerza irresistible, sino el fruto maduro de una disposición que la Palabra ya había obrado. Aquí se cumple lo que podríamos llamar el poder anticipado de la Palabra: la gracia revelada antes del encuentro, que prepara al alma para decir "sí".
Conclusión
El llamado de Jesús es soberano en autoridad, pero humano en su dirección: se dirige a personas con historia, con memoria espiritual, con semillas de fe plantadas por la Palabra. La prontitud con que Pedro, Andrés, Santiago, Juan y Mateo lo siguen no demuestra una irresistibilidad, sino una madurez espiritual: la obra previa de Dios en el corazón.
Así resplandece la gloria de Cristo: no en manipular voluntades, sino en conquistarlas por la verdad. La Palabra prepara, la gracia invita, y el alma libremente responde. Ese es el misterio del llamado: una soberanía que no oprime, una libertad que no se jacta, y un encuentro donde ambos se abrazan en obediencia y amor.
Referencias patrísticas consultadas
- Ireneo de Lyon, Adversus Haereses IV, 37.
- Orígenes, Comentario a Mateo.
- Clemente de Alejandría, Stromata (síntesis del proceso fe–reforma–perfección).
- Ignacio de Antioquía, A los Efesios.
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