Artículos y Reflexiones · Reflexión · 27 jul 2026
El desierto no es la excepción, es el camino
Muchas veces pensamos que el estándar de la vida es estar bien. Y cuando algo duele, cuando atravesamos una etapa difícil, solemos decir: "pasé por un desierto", como si el desierto fuera solo un evento puntual, una mala semana o un momento excepcional.
Pero la Escritura nos corrige esa idea. La Biblia dice claramente, en Eclesiastés capítulo tres, que todo tiene su tiempo:
"Para todas las cosas hay sazón, y todo lo que se quiere debajo del cielo, tiene su tiempo: tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado […] tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar." Eclesiastés 3:1-4
Eso nos enseña que las etapas difíciles no son una anomalía en la vida, sino parte del caminar humano… y también del caminar cristiano.
La vida del creyente se parece mucho a la experiencia del pueblo de Israel. Israel fue rescatado de la esclavitud, atravesó el desierto y se dirigía a la tierra prometida. Pero en ese camino no todo fue fácil: hubo guerras, hubo hambre, hubo sed, hubo incertidumbre. Y aun así, Dios nunca los abandonó.
La columna de nube y de fuego siempre estuvo allí: "Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube, para guiarlos por el camino; y de noche en una columna de fuego para alumbrarles" (Éxodo 13:21). El agua que brotó de la roca estuvo allí (Éxodo 17:6). El maná descendía cada día (Éxodo 16:4). La provisión de Dios no faltó… pero el camino seguía siendo un desierto.
Esa es también la vida del creyente hoy. El creyente no vive en un oasis permanente. El creyente aún no está en la tierra prometida. Estamos en camino hacia ella, y esa promesa se cumplirá plenamente cuando Cristo vuelva o cuando estemos con el Señor para siempre.
Mientras tanto, atravesamos temporadas. Atravesamos lugares oscuros. Atravesamos tiempos de lucha, de guerra espiritual, de cansancio y de incertidumbre. No porque Dios no esté, sino porque no estamos en casa todavía.
Pero caminamos con una certeza firme: la victoria ya fue ganada por Cristo. Él venció el pecado. Él venció la muerte. Él conquistó lo que nosotros jamás hubiéramos podido conquistar. Por eso podemos confiar.
Por eso el Señor nos dice: "No teman, manada pequeña; porque al Padre ha placido darles el reino" (Lucas 12:32). Y también nos recuerda:
"No se turbe su corazón: creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay […] voy, pues, a preparar lugar para ustedes. Y si me es, y les aparejo lugar, vendré otra vez, y les tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, ustedes también estén." Juan 14:1-3
No estamos en casa aún. Estamos en el camino. Estamos atravesando el desierto. Pero Dios está con nosotros, como nube y como fuego, guiándonos hasta el final.
← Una mirada que nos alcanzó antes de existir · Índice · Hoy, si oyes Su voz →