Artículos y Reflexiones · Reflexión · 27 jul 2026
Cuando no es la fe la que se quiebra, sino la voluntad
Hay momentos en los que no estamos dudando de Dios. No estamos cuestionando a Cristo ni negando el camino. Lo que se quiebra, a veces, no es la fe… es la voluntad.
Hay estaciones en las que creemos, pero no queremos. Seguimos caminando, pero sin fuerzas para sostener el propósito. No hemos decidido abandonar, pero tampoco sentimos el deseo de perseverar con firmeza.
La Escritura no es ajena a esto. Elías creyó, pero llegó al punto de decir que ya no quería seguir viviendo:
"Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Baste ya, oh Jehová, quita mi alma; que no soy yo mejor que mis padres." 1 Reyes 19:4
Jeremías fue fiel, pero maldijo el día en que nació por el peso de su llamado (Jeremías 20:14-18). Job no negó a Dios, pero perdió el sentido de su propia existencia: "Después de esto abrió Job su boca, y maldijo su día" (Job 3:1). Ezequiel guardó silencio siete días, atónito ante la ruina de su pueblo (Ezequiel 3:15). Pablo confesó que fue afligido por fuera y por dentro, al punto de pensar que no sobrevivirían, y que su único consuelo fue Dios mismo:
"Porque hermanos, no queremos que ignoren de nuestra tribulación que nos fue hecha en Asia; que sobremanera fuimos cargados sobre nuestras fuerzas de tal manera que estuviésemos en duda de la vida. Pero nosotros tuvimos en nosotros mismos respuesta de muerte, para que no confiemos en nosotros mismos, sino en Dios que levanta los muertos." 2 Corintios 1:8-9
Ninguno de ellos fue reprendido por Dios. Ninguno fue desechado. Dios no les exigió voluntad cuando ya no la tenían. Dios los sostuvo.
A veces no es un hueco en la fe. A veces es un hueco en la voluntad de seguir, de perseverar en el propósito. No es abandonar el camino, es no tener fuerzas para cargarlo. Y aun así, Dios no se va.
Dios no nos pregunta si puede sostenernos. No nos pide permiso para tomarnos de la mano. Él lo hace. Y con el tiempo descubrimos que, incluso cuando no queríamos nada, Él siempre estuvo allí.
A veces no es que mi fe tenga grietas. A veces es mi voluntad la que se quiebra. No dejo de creer, pero dejo de querer. No abandono el camino, pero pierdo el propósito. Y aun así, Dios no se va. No me pregunta si puede sostenerme. Simplemente lo hace. Y con el tiempo descubro que, incluso en el silencio, Él siempre estuvo allí.
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